Mostrando las entradas con la etiqueta Del amor la muerte y otras nimiedades por el estilo. Mostrar todas las entradas
Mostrando las entradas con la etiqueta Del amor la muerte y otras nimiedades por el estilo. Mostrar todas las entradas

martes, 29 de octubre de 2019

Adentro




Yo soy un asesino.  Un asesino silencioso.  Te voy a matar en las siguientes horas.  No tienes manera de escaparte.
Ándale, corre.  Corre a revisar los cuartos, enciende todas las luces, asegura puertas y ventanas. Busca abajo de las camas, adentro de los clósets; puedes registrar el basamento o el ático.  Todo esto es inútil: es más, sólo aumentará tu ansia y tu fatiga.  Un punto más a mi favor.  Nunca, nunca me hallarás.  No tienes chance alguna.  No tienes como defenderte.  Ese revólver en la mano no te va a servir para nada.  No importa que llames al 911 o a quien quieras.  Nadie puede ayudarte o salvarte ahora.  Y te aseguro que estoy en la casa, cerca, muy cerca de ti, y te voy a matar.  Muy pronto.  Estás condenado.
Te he estado observando desde hace algunas horas.
"¿Por qué yo?" y "¿Qué he hecho?", te estarás preguntando.  Ha sido totalmente al azar.  Tú y yo cruzamos nuestros caminos y te escogí, porque llenas mis instintos naturales y mis expectativas.  Así que por favor, no lo tomes a mal.  Apuesto que en este momento estás tratando de recordar qué hiciste el día de hoy.  ¿Dónde y cuándo nos conocimos?  ¿Estaba yo entre los clientes del Starbucks, era uno de los pasajeros del Metrobus?  ¿O estaba yo en la cola de los elevadores del World Trade Center?  O quizá soy uno de tus compañeros de trabajo.  O soy el chofer del Uber que pediste en la tarde.  Quizá soy uno de los compañeros del taller de creación literaria.  No desperdicies el precioso tiempo que te queda en estas digresiones.
Tu morirás, y muy pronto.
¿Empiezas ya a percibir cómo tu corazón late más rápido, como las palmas están sudando, como se está haciendo difícil el respirar?  Apúrate, termina la lectura, antes que la vista empiece a hacerse borrosa y tus manos inicien a temblar sin control.
Cuando recibiste esta hoja de papel fuiste seleccionado y condenado.  Yo estaba allí.
Ahora me estoy multiplicando en tus tejidos vitales después de invadir tu torrente sanguíneo.  Esa manía tuya de tocarte la cara a cada rato facilitó como no tienes idea mi misión.  En este instante estoy entrando en tus pulmones, tus riñones, tu cerebro para destruir tus células y llevarme tu vida.  Como te dije al principio, yo soy un asesino.  Un microscópico asesino silencioso. Un virus.

PDC


miércoles, 12 de marzo de 2014

Yo la...




El hombre llegó unos minutos antes que ella. Se sentó erguido con vista a la entrada. Emocionado por el reencuentro.
La mujer llegó casi de inmediato. En un vestido sastre, blanco, elegante. Enormes ojos cafés, labios carmesí.

El hombre está semiacostado en la cama. Por el ventanal asoma el pequeño jardín, muy descuidado. El cuarto iluminado por un reflejo del sol otoñal.
No puede mover la mitad izquierda de su cuerpo; su reloj se ha detenido ese día, dos años antes, cuando un coágulo se desprendió y el trombo llegó al cerebro. Su habla es casi incompresible ahora. Los días trascurren en un lento goteo, la mente vívida atrapada en un féretro viviente.
Llega la comida. Le acercan la mesilla y la colocan a la altura adecuada.
La enfermera que lo cuida le parte la carne en pedacitos.
Un recuerdo robado a su vida o fruto de su incontrolada imaginación flota en su conciencia.
Hubo una vez que fue envuelto por unas manos pequeñitas, que...

...la mujer tiene unas manos pequeñas, se mueven ágiles, distribuyen los cubitos de queso y cortan en finos pedazos el aguacate y desmenuzan el chicharrón para la sopa de tortillas, colocándolos primero en el plato del hombre. El la mira sorprendido y al mismo tiempo con ternura agradecida. Busca pescar en su memoria si alguna vez alguien tuvo un detalle similar para él, pero no encuentra.
Vuelve a rozar con la mirada esas pequeñas manos, que involuntariamente envuelven y acarician su alma.
Platican y platican y platican. Ella ha vivido una trágica experiencia familiar extraña y dolorosa, él carga una pesada cadena de soledad.
Se acompañan a la salida.
Se despiden con la promesa de volverse a ver pronto.
Quizás...

La mujer viste de negro. Las manos en las bolsas del abrigo.
El hombre está acostado, vestido de domingo, los brazos cruzados sobre el pecho.


PDC

lunes, 23 de diciembre de 2013

Cuento de Navidad




El aguanieve cae lenta y silenciosamente en la noche de diciembre, horas antes de Navidad.

El hombre está mirando el escaparate de una tienda. Parece un viejo, de aspecto descuidado, hombros caídos, abrigo desgastado regalado por alguna beneficencia, el cabello blanco, ralo, que se mece de vez en cuando en una especie de tic. La boca pastosa, con el efecto residual de la bebida barata de hace unas horas. Su mirada pasea una y otra vez sobre las cuatro botas navideñas, de colores violentos, adornos rojos y dorados, iluminadas por destellos intermitentes, con escrito en grandes letras garigoleadas Faith, Peace, Joy, Love. Esas palabras golpean su mente como martillazos: ninguna de ellas ha sido realidad en su vida en los últimos años. Poco a poco, han empequeñecido hasta hacerse ilegibles y después esfumado de su existencia. Pierdes el amor, la alegría, la paz y al fin la fe. Te quedas vacío. No hay regreso.

Da la espalda al escaparate luminoso y se adentra en el serpentear de callejuelas oscuras y malolientes. Repite para sí. Te quedas vacío. Como la lata que distraídamente está pateando pie izquierdo-derecha, pie derecho-izquierda, y espera su rebote. No hay regreso.

Entra en una estrecha callejuela cerrada. Se da cuenta y empieza a regresar sobre sus pasos, esta vez de espalda.

Regresa. Regresa. Regresa.

Está subiendo una pequeña pendiente, sus sandalias levantan un fino polvo en la noche fría. Lo intimida y amedrenta la estrella con la cola, allá arriba. Tiene que llegar a como dé lugar. El viaje ha sido largo. La expectativa vence al cansancio.

La escena lo envuelve. A su alrededor una pequeña multitud silenciosa y atenta. Observa la pareja. La mujer es muy joven, el marido mucho más viejo. Su vestir es humilde y parecen algo desconcertados y cruzan repetidamente sus miradas, como preguntando el uno al otro qué hacer. Todos los ojos se dirigen a un recién nacido quien domina la escena, apenas abrigado del frío. Observa al niño, y de alguna manera siente que éste, aun con los párpados cerrados, le envía una mirada que lo atraviesa desde la superficie de su piel hacia lo más íntimo, hasta fronteras internas insospechadas y percibe una cálida mano que revuelve con suavidad y acaricia sus sentimientos. El pecho del hombre se hincha bajo un sentir olvidado. Unas palabras nacidas quién sabe donde, en una memoria futura, se van iluminando poco a poco en su mente. Amor, alegría, paz y fe.

Y dos mil años antes del hoy, vuelve a sonreír.


PDC
 

jueves, 21 de noviembre de 2013

Doble imagen

El ejercicio era describir una mujer frente a un espejo.
Me dejé llevar, y este es el resultado.



Llegas por fin del trabajo; no encontraste a la primera un lugar para estacionarte y tuviste que dar un par de vueltas hasta hallar un espacio para tu viejo vocho.
Subes los dos pisos. Entras. Enciendes las luces. Prendes de inmediato el televisor para que algún sonido te acompañe.
Miras distraída el decorado, muebles comprados en baratas, cuando te independizaste, o de sobra, regalados por algún familiar o amigo.
Dentro de la vulgaridad que impera, el espejo está fuera de lugar.

Es un viejo mueble pesado, con marco de roble, un par de columnas laterales enroscadas, con hojas de vid labradas en los extremos, el vidrio biselado; la capa de plateado descascarada en algunos sitios, con punteado y manchas cafés en las orillas. Es herencia de tu abuela paterna, de Huautla. Allá pasaste algunas vacaciones de verano. En el pueblo murmuraban que estaba medio mal de la cabeza, ya que hablaba de milagros y hechizos.
Tu sabes que no es así. Era una verdadera bruja, pero de las que hacen el bien. Sus magias eran sencillas, nada espectaculares. Como niña de entonces quizás no entendiste todo, aunque pudiste compartir con ella fantásticos pequeños acontecimientos... y te enseñó algunas tretas.

Te miras en el espejo y la imagen que te regresa te decepciona: estatura pequeña, compensada por tacones que te dificultan la marcha y te cansan fácilmente. Te ves 'llenita', nada más, y te molesta que en el trabajo te apoden a veces 'la gordis'. El cabello castaño cortado en casco rodea un rostro de facciones delicadas, nariz recta, piel morena clara. El cutis grasiento, con antiguas cicatrices del acné juvenil. Los aretes son pequeños, tu talla no te permite el lujo de arracadas. Vistes la ropa del diario, comprada aquí y allá: camisa de poliéster color crema con olanes en el cuello y puños, saco gris que empieza a quedarte ajustado, falda azul marino plisada, a la rodilla. Piernas levemente arqueadas. La imagen de toda una ganadora.

Cierras los ojos. Te acuerdas de las palabras de la abuela:

Espejo antiguo, espejo del umbral veraz,
oculta la verdad del hoy, colócame un antifaz;
muéstrame todo el regocijo y el esplendor
de lo que quisiera ser mañana, sé mi creador.


Abres tus ojos. La sorpresa es enorme.

El espejo refleja una hermosísima mujer, esbelta, de medidas perfectas, entallada en un fino vestido largo de noche, rojo. El cabello castaño claro cae en delicadas olas a los lados de tu rostro angelical, hasta los hombros. Te miras a través de enormes ojos negros: mentón firme, nariz levemente respingada, orejas pequeñas con unos magníficos pendientes de oro blanco. El cutis de porcelana. Los brazos ebúrneos, las manos con dedos alargados, una argolla matrimonial en el anular izquierdo.

Cierras los ojos y a tientas buscas el interruptor de la luz.
Quizás a oscuras, más tarde, podrás abrir los párpados. Ahora no.
Quieres dejar impregnada tu retina con la imagen de tu belleza y vida prestada.
Quieres navegar así esta noche por el mar de los sueños.
Hasta que amanezca nuevamente.

PDC
 

jueves, 14 de noviembre de 2013

Reunión de familia

La tarea asignada era escribir un cuento gótico.



La tempestad está amainando. Las nubes plúmbeas forman una cortina que no deja vivir las sombras. El caballo ya cansado ha disminuido su paso al resbalar y hundirse en el lodo del camino. Yo también estoy fatigado. Me duele el costado izquierdo y me doblo hacia ese lado. El tentativo de asalto en el bosque me tomó por sorpresa y sólo mi pericia como jinete y la pronta respuesta del corcel evitaron mayores desgracias. Aun así no pude evitar la flecha que, antes de perderse entre los árboles, me ha roto la clavícula y me está haciendo sangrar. La pesada casaca se ha adherido a mi piel y esta taponando en parte la herida, absorbiendo la sangre. Me cuesta trabajo respirar...
Ya estoy cerca del castillo de Eidan, quizás unas tres millas. A la siguiente vuelta del camino aparece, a la izquierda del peñasco, imponente construcción de piedra gris, recortándose contra las nubes los arbotantes y las grandes torres amenazantes rematadas por enormes almenas. Los ventanales del ancho edificio principal están iluminados; me están esperando. Ya no llueve. Rodeo el cementerio con sus robles centenarios y pienso con amor y con horror a mis padres amortajados por esa húmeda oscura tierra. En la entrada principal un siervo me recibe el caballo. Acaricio agradecido la crin del animal y me acerco despacio a la mansión familiar, que no he pisado desde más de dos años. Me recibe la puerta de anchos paneles de madera unidos por grandes láminas de hierro; se quejan los goznes anunciando mi vacilante entrada hacia el recibidor. En mi infancia cuantas risas y queridas convivencias con mis hermanos y primos en este ancho espacio animado por el constante andar de la servidumbre bajo la vigilante mirada de mi madre! El corazón se contrae ahora en esta intensa penumbra, el piso de piedra de laberínticos diseños negros y blancos, el techo oval del cual cuelgan pesados candelabros, armaduras polvorientas a los lados, cuadros oscuros de antepasados de semblante adusto. Mis pasos y su eco llenan la estancia. Al fondo, la escalera en dos volutas que lleva a las habitaciones. A la izquierda el comedor y cocinas. A la derecha el salón donde me esperan, para la reunión de familia. Yo nunca he participado por mi joven edad antes y por mis ausencia después, y es la primera vez que voy a pisar el umbral de lo desconocido.
Es la tradición más que centenaria, aniversario donde recordamos cuando el soberano nos confirió esas tierras, con la encomienda de esclavizar, mantener el orden y recaudar. La familia siempre cumplió. Las mazmorras del sótano fueron testigo mudo del dolor, los gritos y la sangre. Una vez de niño logré escaparme allá abajo, y pude atisbar por un instante a un aldeano desnudo, sobre una mesa de la cual escurría líquido escarlata espeso, atado pies y manos a unos instrumentos que mi infantil mente no pudo reconocer, con mi padre a su lado realizando actos diabólicos innombrables. El alarido me hizo escapar y todavía algunas noches me despierto por ese horrible grito, con el corazón agitado y el sudor escurriendo.
Lentamente entro al salón, escasamente iluminado por los candelabros laterales y por el fuego ya mortecino en la gran chimenea. El techo se eleva en amplios delgados arcos que inician en seis columnas y se reúnen en un punto elevado al centro. Al lado, hacia el jardín, tres ventanales ojivales con amplio ropaje de terciopelo rojo recogido, a través de los cuales se pierde el día.
De inmediato mi hermano mayor James viene a mi encuentro y me abraza con ese afecto que traspasa la piel y funde las almas; la herida me duele y enarco la espalda, pero guardo silencio. Atrás de él, mi adorada hermana Melissa baja los ojos, como escondiéndose pudorosamente. Su vestimenta intenta disimular sus formas de mujer. Mis ojos recuerdan y recorren su piel ebúrnea por la cual mis yemas adolescentes pasaron descubriendo cimas y valles nunca antes imaginados cuando juntos nos alimentamos del fruto prohibido. La beso castamente en la mejilla, siento que su cuerpo se contrae para rehuir mi cercanía.
La noche se hace presente antes de iniciar cualquier conversación. Nos callamos.
Jaime suena tres veces la campanilla plateada que retiró de un arcón de nogal con inscripciones gaélicas labradas en marfil. Poco a poco, se instala en el salón un viento al principio ligero, después cada vez más fuerte, en un remolino central, que produce un silbido de tonos cambiantes. Los gobelinos a los lados de la chimenea se mueven inquietos. Las llamas de los candelabros los acompañan en su danza. La piedra de las paredes inicia diminutos destello luminosos que se fusionan indistintamente hasta convertirse en transparentes espíritus de los antecesores, unos amorosos, otros desesperados, según reposen en la luz del amor o en la oscuridad sin fin. En el torbellino de su macabra danza nos rodean, nos atraviesan, nos impregnan.
De pronto, la materia de las paredes empieza a gemir y emite pequeñas gotas de sangre, que paulatinamente confluyen en un goteo incesante. Emergen otros espíritus. Sus facciones horripilantes, cuencas agrandadas, enormes bocas espeluznantes que nos tragan y recorren nuestros cuerpos. Son las almas de los que pasaron a través de los años en las mazmorras del sótano, invocando inútilmente perdón y clemencia.
Quieren su venganza. Quieren su víctima.
Mis hermanos despavoridos están de rodillas, las manos juntas, los labios moviéndose en el rezo suplicante de una piedad que antes no se tuvo.
Percibo un frío creciente, mi cuerpo tiembla cual hojarasca expuesta a este viento maligno y experimento un desvanecimiento improviso, oigo a lo lejos a mi hermano: Andrew,- grita. Antes que mi cuerpo se desplome sobre el frío mármol, siento que al contrario, en vez de caer, me elevo hasta la cima del salón y participo, yo también, en esa danza lúgubre y fantástica.

PDC

domingo, 25 de agosto de 2013

La llama-da

En el curso nos dejaron la tarea de describir el techo de nuestra recámara a partir del cual después se materializaba un fantasma. Esto fue el resultado.




La noche de verano es particularmente tórrida. La corriente de aire entre la terraza abierta y las ventanas de la recámara apenas mitiga la opresión y aporta en cambio el ruido del eje vial, aún relevante a esas altas horas. Estoy acostado supino en el lado derecho de la cama.  La lámpara del buró despliega una iluminación filtrada por el retículo de mimbre de la pantalla que proyecta irregulares cuadros de luz a mi alrededor. Miro el techo. El primer día que entré al departamento la inundación vespertina de luz y los techos fueron las razones que me convencieron de inmediato a rentarlo. En la recámara hay una bóveda catalana cuadrada, que descansa en un cajillo blanco que protruye unos doce centímetros sobre la pared. En el cenit, dos ladrillos apareados a lo largo, apuntan a dos esquinas opuestas. A partir de sus extremos cortos cientos de otros ladrillos inician un recorrido descendiente en doble espiral, simétrico, que avanza en sentido horario, limitando rectángulos cada vez más amplios, cuyos lados se curvan hacia afuera un poco más a cada vuelta completa. El resultado es fenomenal: en el centro, se me figura una gran cruz de Malta. Entre los brazos de la cruz, se despliegan arcos concéntricos de ladrillos de múltiples matices y tonalidades desde un naranja pálido hasta un ocre oscuro. En la pared de enfrente, donde la bóveda se une al cajillo, hay unas manchas de humedad blancas, irregulares, de aspecto calizo, con un puntilleo fino periférico.
La fatiga del día invita los párpados a cerrarse. Me alerta un frío improviso y percibo un olor pungente, me recuerda al del ozono. Advierto que no escucho ruido alguno, hasta el goteo del tiempo del segundero de mi despertador ha cesado. Ecos de silencio. Abro completamente los párpados. Del centro del techo escurre una línea delgada, de color verde brillante, de luminosidad creciente, que estalla hacia todos lados en hilos delgados blanquecinos que se ramifican y relampaguean, terminando en ensanchadas formaciones bulbosas rosas, que danzan en una espiral irregular. La temperatura sigue descendiendo. El olor se ha transformado, es ahora dulzón, afrutado. La ramificaciones luminosas se han vuelto iridiscentes, se ensanchan y fusionan poco a poco, adquiriendo una forma alargada, femenina, de dimensiones imposibles, ingrávida, resplandeciente, cubierta por un velo de suaves líneas curvas que adquiere tintes y destellos llameantes. Su rostro vagamente humano es como una proyección sobre la bruma en movimiento, cambia constantemente y todo su aspecto transmuta a cada instante aunque yo intento reconocer en él los ojos de muchos amores.
Por mi mente racional cruza la idea fugaz de estar frente a un espectro. Mas no tengo miedo: siempre he querido ver un fantasma, continuamente he deseado una prueba de la existencia de un incierto más allá. Me incorporo. El ser se avecina lentamente a mi, flotando a media altura, con su ígnea cabellera meciéndose y apuntando al techo empujada por intangibles corrientes. Sus extremidades son alargados destellos debajo de su manto.
La mujer-llama me envuelve por completo, penetra a través de mi piel y circula en mi organismo al mismo tiempo que percibo que me guía y me lleva a la sala primero y terraza después, en una danza oscilante. Quién eres? -interrogo, no se si con mi laringe o la intención. Estamos en la orilla. Quien eres?- vuelvo a preguntar?. Y mientras abrazados precipitamos al vacío su voz, no se si en mis oídos o sólo en mi cabeza responde:

Soledad.

Después...
...La Luz es inmensa.

PDC

miércoles, 15 de mayo de 2013

La parvada


La abuela Lucía vivía en una granja, a unos kilómetros de un pequeño pueblo. Bueno, no era mi abuela, era mi bisabuela, la abuela paterna de mi mamá.
La granja estaba constituida por la casa principal, los establos de los animales y las zonas de cultivo alrededor. Más allá, el bosque, tierra prohibida a nosotros los niños.
Fui a la granja la primera vez en semana santa. Habré tenido tres años. La abuela era altísima, delgada, de tez muy blanca, la piel de la cara arrugada; vestía siempre de negro con el cuello y puños blancos, de punto; el cabello totalmente cano reunido en la nuca. Era más bien taciturna y su autoridad ejercida con miradas más que con palabras. Los niños éramos cuatro, la más grande mi prima Flaminia, que me lleva cuatro años. Desayunábamos en la amplia cocina. Después del desayuno nos formábamos fuera del cuarto de la abuela, en orden de estatura, yo era el primero. Y nos regalaba, uno por persona y uno al día, un pequeño dulce de azúcar, perfumado, de variadas formas y sabores, envuelto en papel coloreado que lo hacia parecer diminutas zanahorias, rábanos, cebollas... La abuela después tomaba del primer cajón del buró un cuadrado de papel generalmente de colores, y lo doblaba con movimientos seguros. Sus manos descarnadas, nudillos prominentes, venas azules marcadas, los dedos se movían con cierta fatiga. Resultaban todo tipo de animales, pero principalmente aves: grullas, palomas, cigüeñas, colibríes, cuervos, gaviotas, golondrinas... Los apoyaba sobre su mesita de noche y después, clap clap, daba dos pequeñas palmadas sobre la mano derecha, y las aves emprendían su vuelo mágico ante nuestro infantil asombro.
La abuela murió ese mismo año, al principio del verano. A los niños nos encerraron en la cocina y apenas pudimos ver, la nariz pegada a los altos ventanales, la salida del gran cajón de madera.
De repente, resonaron dos sonidos secos: clap clap.
Oímos un gran batir de alas. Una parvada de aves multicolores de papel apareció de entre las nubes y la acompañó hasta el cementerio.


PDC