martes, 10 de noviembre de 2020

Botón rojo

 


Faltaba una hora para el amanecer. El hombre estaba furioso. Había abandonado abruptamente el elegante hotel donde sus partidarios seguían vitoreándolo cada vez con menos energía y con un limitado séquito había regresado a la mansión. No iba a dar discursos ni aceptar ningún resultado. El Marine One lo depositó en el jardín. Se asomó por un instante en el salón donde ocho enormes pantallas daban cuenta de las noticias más recientes. Decenas de personas atendían las computadoras donde se desplegaban los últimos datos. Entró a grandes zancadas en la enorme oficina, y aventó la puerta en las narices de sus asistentes. Necesitaba estar solo. Se aflojó la corbata. Abrió el primer cajón de la derecha del escritorio y sacó un paquete de mentitas, que destapó violentamente; unas cayeron al piso y rodaron hacia atrás, debajo de la ventana flanqueada por las dos banderas.
No existía duda alguna. Había perdido la elección. No lo iba a aceptar públicamente. La pregunta que le resonaba insistente, que repiqueteaba incesante como una campana era: ¿cómo fueron posibles estos números tan desfavorables? ¿Cómo fue que su mensaje que ofrecía esperanza y un camino hacia mejores horizontes no hubiese sido atesorado por los electores? Pero el asunto no estaba acabado. ¿Qué hacer ahora? Reconocer la derrota: jamás. Iba a clamar al fraude y a la inconsistencia de las votaciones por correo, cuyos resultados tardarían en contabilizarse por completo. Se iría a los tribunales y esto consumiría mucho tiempo. Habría que escuchar a los leguleyos.
O pensar en algún distractor. Tenía que mantenerse en el poder.
Él no había fallado. Era evidente que había sustentado una excelente campaña, a lo largo y ancho del país, con reuniones atestadas de simpatizantes, aclamado por sus partidarios y aprobado por gran parte de los comentaristas de los medios radiofónicos y televisivos. Miró las dos pastillas en la palma de la mano y las introdujo en la boca.
Él no había fallado. Sus estrategas y asesores de campaña se demostraron inferiores a las necesidades que este momento histórico exigía. Estaba rodeado de inútiles. Traidores. Estúpidos. Ya no se podía dar marcha atrás. 
Él no había fallado. Ganó en ambos debates sobre su soñoliento adversario, exponiendo argumentos más contundentes, defendiéndose de las fake news. Malditos periodistas que se le echaron encima como perros de presa, hundiendo en sus carnes las afiladas preguntas. Combatió con energía y salió adelante.

La culpa era de los chinos. Ello fueron quienes construyeron y liberaron el maldito virus. Así es. Su inconfesable derrota fue causada por el pinche virus chino. Llegó en algún vuelo, se dispersó por toda la nación con su séquito catastrófico de muertes y desempleo. Era mentira que él lo había minimizado. Interpretaron mal sus palabras, como siempre hacían. Su preocupación fue no crear pánico entre la población: caída de la bolsa, disturbios en las calles, asaltos por comida y armas, suicidios. Todo esto él y solo él, había logrado evitar a su desagradecido pueblo.
¿Qué no se cuidaba y se había enfermado? Él debía dar el ejemplo, como jefe supremo de las fuerzas armadas: no podía escudarse tras una mascarilla, sino dar la cara y el pecho al enemigo. De frente, sin tapujos. Dijeran lo que dijeran los expertos epidemiólogos y las alimañas científicas.
«Pinches chinos».
Tocó el timbre rojo. Entró de inmediato el asistente militar con la abultada bolsa negra que afectuosamente era apodada 'Nuclear Football'. Se quedó con ella y despidió al militar. «Pinches chinos».
Tomó otro par de mentitas, que despedazó con los molares. Abrió la bolsa. Él tenía la autoridad constitucional para hacerlo. No tenía que consultar con nadie.
Adentro estaban dos libros y los códigos de lanzamiento. En el primer libro escogió rápidamente los blancos. En la cartera tenía sus códigos personales de identificación, el 'código de oro' protegido en un estuche plástico que tuvo que romper: por eso la llamaban "Galleta". Se sonrió, pensando en las galletas chinas de la suerte, con adentro la tira de papel doblada con palabras de sabiduría o profecía. «Ya verán. Pinches chinos».
La antena de la bolsa lo comunicó automáticamente con el Pentágono. El oficial a cargo autenticó la orden presidencial y la transmitió a su destino.
El hombre se recostó en el sillón, satisfecho. Levantó el teléfono. 
El secretario Allen acababa de acostarse. Apagó la luz. Su mujer musitó algunas palabras incomprensibles. Él había seguido parcialmente el resultado de las votaciones en el Pentágono y, ya convencido de las tendencias, pidió el coche para regresar a casa. El teléfono lo sacó de la somnolencia: vio en la pantalla que la llamada venía de "POTUS". Se sentó de inmediato y contestó. La conversación duró menos de un minuto. Se vistió apresuradamente, abordó la limusina que siempre lo esperaba y se dirigió hacia el 1600 de la Avenida Pennsylvania.
El submarino balístico USS Wisconsin, clase Ohio, surcaba a media profundidad el Pacífico, a unas millas de las aguas territoriales de la potencia asiática. Llevaban cuarenta días sumergidos. El equipaje Oro estaba casi por cumplir su rotación y en un par de semanas regresarían a la base para ser reemplazados por la tripulación Azul. Todo parecía en calma. El sistema criptográfico empezó a emitir letras desordenadas, sin sentido aparente. El traductor compiló la nueva hoja y, asombrado, la llevó al comedor de oficiales. El capitán, una taza de té en la mano, charlaba de futbol. Empezó a leer el mensaje. Su cara se transmutó y se levantó como impulsado por un resorte. Corrió al centro de comunicaciones. Pidió contacto con el Pentágono. Le confirmaron que la decisión venía del presidente y tenía el aval del secretario de la defensa. Ordenó que se activara la alarma. Con la llave que siempre le colgaba del cuello abrió la caja fuerte y extrajo un ancho sobre amarillo. Jaló el cordel para rasgar un extremo. Encontró en el interior la libreta con los códigos de autentificación y dos llaves. Entregó una al jefe de armamento. Comparó los códigos anotados con los recibidos. Coincidían. Ambos se sentaron frente a la consola; los otros tripulantes, inquietos, seguían sus movimientos con el corazón latiendo apresurado y se miraban entre sí con desconcierto mientras pensaban en sus lejanas familias. El comandante buscó en la libreta las indicaciones según las órdenes recibidas. De forma manual marcaron los códigos. Destaparon los protectores de seguridad. Introdujeron las llaves. Contaron: uno, dos, tres y les dieron la vuelta simultáneamente. Seis botones rojos se iluminaron, uno por cada cohete. El capitán empujó con suavidad el primero, mientras rezaba una plegaria. Se dedicó de inmediato a los siguientes blancos.
Desde las profundidades del océano se abrieron las compuertas, y el agua salada inundó los tubos de lanzamiento. El misil Trident II D5 LE con ojivas atómicas múltiples W88 de 475 kilotones salió impulsado por el gas comprimido sacudiendo violentamente el submarino y transmitiendo vibraciones a toda la estructura. Después de un corto trayecto en el agua, alcanzó la superficie originando inmensos chorros de agua, y se elevó hacia el cielo. Ascendió durante dos minutos hacia la altura de crucero para luego iniciar su recorrido a 6 km por segundo. Llegaría a su destino en menos de tres minutos.
Mientras, los habitantes de Wuhan se aprestaban a salir de los centros de trabajo, las fábricas, las escuelas, los cines, los negocios. En algunas casas comenzaban los preparativos para la cena inminente. El cielo estaba parcialmente nublado. El sol estaba ya bajo sobre el horizonte, a unos minutos de ocultarse.
La explosión sobre la ciudad tuvo el destello y la potencia de mil soles.
«Pinches chinos».

"Un juego extraño. La única forma de ganar es no jugar. ¿Qué tal una partida de ajedrez?"
WarGames (1983)


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