miércoles, 15 de mayo de 2013

La parvada


La abuela Lucía vivía en una granja, a unos kilómetros de un pequeño pueblo. Bueno, no era mi abuela, era mi bisabuela, la abuela paterna de mi mamá.
La granja estaba constituida por la casa principal, los establos de los animales y las zonas de cultivo alrededor. Más allá, el bosque, tierra prohibida a nosotros los niños.
Fui a la granja la primera vez en semana santa. Habré tenido tres años. La abuela era altísima, delgada, de tez muy blanca, la piel de la cara arrugada; vestía siempre de negro con el cuello y puños blancos, de punto; el cabello totalmente cano reunido en la nuca. Era más bien taciturna y su autoridad ejercida con miradas más que con palabras. Los niños éramos cuatro, la más grande mi prima Flaminia, que me lleva cuatro años. Desayunábamos en la amplia cocina. Después del desayuno nos formábamos fuera del cuarto de la abuela, en orden de estatura, yo era el primero. Y nos regalaba, uno por persona y uno al día, un pequeño dulce de azúcar, perfumado, de variadas formas y sabores, envuelto en papel coloreado que lo hacia parecer diminutas zanahorias, rábanos, cebollas... La abuela después tomaba del primer cajón del buró un cuadrado de papel generalmente de colores, y lo doblaba con movimientos seguros. Sus manos descarnadas, nudillos prominentes, venas azules marcadas, los dedos se movían con cierta fatiga. Resultaban todo tipo de animales, pero principalmente aves: grullas, palomas, cigüeñas, colibríes, cuervos, gaviotas, golondrinas... Los apoyaba sobre su mesita de noche y después, clap clap, daba dos pequeñas palmadas sobre la mano derecha, y las aves emprendían su vuelo mágico ante nuestro infantil asombro.
La abuela murió ese mismo año, al principio del verano. A los niños nos encerraron en la cocina y apenas pudimos ver, la nariz pegada a los altos ventanales, la salida del gran cajón de madera.
De repente, resonaron dos sonidos secos: clap clap.
Oímos un gran batir de alas. Una parvada de aves multicolores de papel apareció de entre las nubes y la acompañó hasta el cementerio.


PDC

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