viernes, 8 de noviembre de 2013

Lo que quedó de la obra de Niggle

J.R.R. Tolkien escribió el cuento 'La hoja de Niggle'.
Se narra la historia de Niggle, un hombre generoso aficionado a la pintura. Su obra máxima, una inacabable tela con bosque, montañas y parajes varios, donde predomina la exquisitez del dibujo de sus hojas. Al final del cuento, Niggle y su vecino Parish entran en un paisaje similar al descrito, donde todo es bello, y allí permanecen. Sólo se conserva un fragmento de su obra, una hoja, que llega a ser admirada y se convierte en una pieza de museo hasta que desaparece en un incendio.

En esta ficción un fragmento se escapó a la destrucción y ha sido atesorado por uno de los encumbrados del pueblo, Atkins.





Atkins guardó con sumo cuidado su tesoro. Un fragmento de tela, sucia por el tiempo y las vicisitudes, que en un lado mostraba una hoja café. No era un dibujo ni una pintura común: una perfección sobrehumana desbordaba la hoja, donde diminutos matices en una mínima gota de rocío en un extremo de ella reflejaban lo grandioso de la comarca: bosques acariciados por el viento, valles con rebaños al pastoreo, montañas inmutables con picos nevados, ríos fluyendo majestuosos.
A veces, cuando el trabajo y las responsabilidades lo abrumaban, Atkins se encerraba en su austero despacho, sacaba la hoja de su marco dorado, la colocaba sobre una carpeta de terciopelo y la miraba de cerca, fijamente, ayudado por una lupa. Poco a poco los espacios de la hoja engrandecían envolviéndolo, y él se encontraba dentro de ese mínimo paisaje, cobijado por un sentido de plenitud y paz, recorriendo al azar intrincados senderos que lo llevaron a conocer páramos jamás vistos.
Un día, en unos de esos viajes, perdió la orientación y ya no supo emprender su camino de regreso.
Los que entraron en su despacho, cerrado por dentro, únicamente encontraron el estuche dorado y ese pequeño fragmento de lienzo sobre la carpeta de terciopelo azul.
Lo que quedaba de la famosa obra de Niggle fue entregada al museo, donde resalta hoy sobre una escuálida pared. Si te acercas con tus pestañas casi rozando una poderosa lupa, quizás podrás mirar a Atkins pescando tranquilamente en el lago entre las montañas, fumando su gran pipa de espuma de mar.


PDC

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