jueves, 14 de noviembre de 2013

Reunión de familia

La tarea asignada era escribir un cuento gótico.



La tempestad está amainando. Las nubes plúmbeas forman una cortina que no deja vivir las sombras. El caballo ya cansado ha disminuido su paso al resbalar y hundirse en el lodo del camino. Yo también estoy fatigado. Me duele el costado izquierdo y me doblo hacia ese lado. El tentativo de asalto en el bosque me tomó por sorpresa y sólo mi pericia como jinete y la pronta respuesta del corcel evitaron mayores desgracias. Aun así no pude evitar la flecha que, antes de perderse entre los árboles, me ha roto la clavícula y me está haciendo sangrar. La pesada casaca se ha adherido a mi piel y esta taponando en parte la herida, absorbiendo la sangre. Me cuesta trabajo respirar...
Ya estoy cerca del castillo de Eidan, quizás unas tres millas. A la siguiente vuelta del camino aparece, a la izquierda del peñasco, imponente construcción de piedra gris, recortándose contra las nubes los arbotantes y las grandes torres amenazantes rematadas por enormes almenas. Los ventanales del ancho edificio principal están iluminados; me están esperando. Ya no llueve. Rodeo el cementerio con sus robles centenarios y pienso con amor y con horror a mis padres amortajados por esa húmeda oscura tierra. En la entrada principal un siervo me recibe el caballo. Acaricio agradecido la crin del animal y me acerco despacio a la mansión familiar, que no he pisado desde más de dos años. Me recibe la puerta de anchos paneles de madera unidos por grandes láminas de hierro; se quejan los goznes anunciando mi vacilante entrada hacia el recibidor. En mi infancia cuantas risas y queridas convivencias con mis hermanos y primos en este ancho espacio animado por el constante andar de la servidumbre bajo la vigilante mirada de mi madre! El corazón se contrae ahora en esta intensa penumbra, el piso de piedra de laberínticos diseños negros y blancos, el techo oval del cual cuelgan pesados candelabros, armaduras polvorientas a los lados, cuadros oscuros de antepasados de semblante adusto. Mis pasos y su eco llenan la estancia. Al fondo, la escalera en dos volutas que lleva a las habitaciones. A la izquierda el comedor y cocinas. A la derecha el salón donde me esperan, para la reunión de familia. Yo nunca he participado por mi joven edad antes y por mis ausencia después, y es la primera vez que voy a pisar el umbral de lo desconocido.
Es la tradición más que centenaria, aniversario donde recordamos cuando el soberano nos confirió esas tierras, con la encomienda de esclavizar, mantener el orden y recaudar. La familia siempre cumplió. Las mazmorras del sótano fueron testigo mudo del dolor, los gritos y la sangre. Una vez de niño logré escaparme allá abajo, y pude atisbar por un instante a un aldeano desnudo, sobre una mesa de la cual escurría líquido escarlata espeso, atado pies y manos a unos instrumentos que mi infantil mente no pudo reconocer, con mi padre a su lado realizando actos diabólicos innombrables. El alarido me hizo escapar y todavía algunas noches me despierto por ese horrible grito, con el corazón agitado y el sudor escurriendo.
Lentamente entro al salón, escasamente iluminado por los candelabros laterales y por el fuego ya mortecino en la gran chimenea. El techo se eleva en amplios delgados arcos que inician en seis columnas y se reúnen en un punto elevado al centro. Al lado, hacia el jardín, tres ventanales ojivales con amplio ropaje de terciopelo rojo recogido, a través de los cuales se pierde el día.
De inmediato mi hermano mayor James viene a mi encuentro y me abraza con ese afecto que traspasa la piel y funde las almas; la herida me duele y enarco la espalda, pero guardo silencio. Atrás de él, mi adorada hermana Melissa baja los ojos, como escondiéndose pudorosamente. Su vestimenta intenta disimular sus formas de mujer. Mis ojos recuerdan y recorren su piel ebúrnea por la cual mis yemas adolescentes pasaron descubriendo cimas y valles nunca antes imaginados cuando juntos nos alimentamos del fruto prohibido. La beso castamente en la mejilla, siento que su cuerpo se contrae para rehuir mi cercanía.
La noche se hace presente antes de iniciar cualquier conversación. Nos callamos.
Jaime suena tres veces la campanilla plateada que retiró de un arcón de nogal con inscripciones gaélicas labradas en marfil. Poco a poco, se instala en el salón un viento al principio ligero, después cada vez más fuerte, en un remolino central, que produce un silbido de tonos cambiantes. Los gobelinos a los lados de la chimenea se mueven inquietos. Las llamas de los candelabros los acompañan en su danza. La piedra de las paredes inicia diminutos destello luminosos que se fusionan indistintamente hasta convertirse en transparentes espíritus de los antecesores, unos amorosos, otros desesperados, según reposen en la luz del amor o en la oscuridad sin fin. En el torbellino de su macabra danza nos rodean, nos atraviesan, nos impregnan.
De pronto, la materia de las paredes empieza a gemir y emite pequeñas gotas de sangre, que paulatinamente confluyen en un goteo incesante. Emergen otros espíritus. Sus facciones horripilantes, cuencas agrandadas, enormes bocas espeluznantes que nos tragan y recorren nuestros cuerpos. Son las almas de los que pasaron a través de los años en las mazmorras del sótano, invocando inútilmente perdón y clemencia.
Quieren su venganza. Quieren su víctima.
Mis hermanos despavoridos están de rodillas, las manos juntas, los labios moviéndose en el rezo suplicante de una piedad que antes no se tuvo.
Percibo un frío creciente, mi cuerpo tiembla cual hojarasca expuesta a este viento maligno y experimento un desvanecimiento improviso, oigo a lo lejos a mi hermano: Andrew,- grita. Antes que mi cuerpo se desplome sobre el frío mármol, siento que al contrario, en vez de caer, me elevo hasta la cima del salón y participo, yo también, en esa danza lúgubre y fantástica.

PDC

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